
Diable y yo nos dimos a la tarea de asistir al desfile de Paola Hernández (Diable ahondará más en el tema, yo no tengo mucho que decir, al menos nada bonito), sin embargo, después de mezclarnos entre la multitud más pretenciosa y wannabe que mis ojos hayan podido ver conjuntada en un mismo sitio, sucedió el acontecimiento que logró mantenernos despiertos.
Al terminar la pasarela, esperamos a que toda la perrada “fashion” abandonara el lugar, ya más tranquilos, tomamos nuestras cosas y nos dirijimos a la salida. Pero, ¡oh, sorpresa! Cuando estaba por cruzar la puerta que divide la indignidad “chic” de la indignidad “real” (estábamos en la colonia Doctores, un lugar no muy seguro para quienes no la conozcan, pero que los organizadores pensaron que sería de lo más underground y conceptual) me percaté que había olvidado mi maravillosa chamarra Burberry y con mi cara de Cadáver de la Novia por la impresión, me doy la vuelta para ir a buscarla y el “buenmozo, caballero y elegante” representante del staff de seguridad me dice con la voz más fina y relajante que haya podido escuchar: “Este, esque ya no te puedes regresar, amiga”. Obviamente, hice caso omiso a su petición y volví al lugar donde estaba sentada y nada. No había rastro de mi Burberry. Entonces me pregunté: ¿Qué harías tú si Anna Wintour hubiera olvidado su abrigo de piel? ¿Lo devolverías? Mmmmm. ¿Lo subastarías en e-bay? Probablemente. ¿Te lo quedarías? Ay, ¿sí?. Después de este monólogo comencé a resignarme, no sin antes preguntarle a cuanto fulano se cruzaba en mi camino por el paradero de mi prenda, mientras revisaba el outfit de cada uno de los asistentes, no se les hubiera pegado sin querer.
El amor de mi vida, como príncipe de cuento de hadas, cruzó la pasarela luchando contra otros “guerreros” del staff que le lanzaban infames injurias: “¡Sin pisar la pasarela, por favooooorrrrrrrr!”. A mí, entre que se me salía la baba por ver a mi amado y entre que el ojo se me cristalizaba al contener el llanto, las esperanzas se me iban escapando de las manos. De repente, suena mi celular y era Diable: “¿Dónde estás?”, me preguntó. “Aquí afuera”, contesté. Entonces se apareció la visión más grande que han apreciado mis ojitos negros, el mismísimo Rey de las Tinieblas, el Dueño del Averno, el Sultán de la Maldad y el Buen Gusto… alzando con su brazo derecho, fuerte y poderoso, mi preciosa chamarrita. Me colapsé. Lo abracé y volví a venderle mi alma. Gracias, Diable.
La anécdota no es la más entretenida, ¿verdad? Lo sé, ahora imagínense cómo estuvo el evento. Soy mexicana y México no es lo que ví, México no es sólo cultura pasada o historia, México también tiene derecho al futuro y a quitarse el yugo del tercer mundo, por lo menos en cuanto a moda. Una cosa es inspiración y otra imitación. Aunque me odien. Así es el medio de la moda en México: presumido, mala copia y aburrido.